martes, 4 de agosto de 2015

Capítulo 2: El Talismán de Poseidón

En pocos minutos Kate arribó a su casa con Poseidón pisándole los talones. El Dios aprovechó ese breve tiempo para contemplar a la muchacha y descubrir que su piel bronceada contrastaba perfectamente con sus cabellos oscuros, que al caminar miraba siempre al frente y la blusa de breteles que llevaba puesta dejaba ver un pequeño lunar en el hombro izquierdo, algo que le llamaba la atención dado que él mismo no contaba con ningún tipo de marca sobre su cuerpo más allá del tatuaje que se le dibujaba cuando salía del mar.

Kate abrió la puerta de la pequeña casucha, entró y dejó espacio para que su desconocido salvador ingresara sin problemas.

—Tengo ropas que podrían irte bien, si deseas cambiarte —el Dios percibió la amabilidad en sus palabras. Tal vez la joven sospechaba el origen de aquellas manchas de sangre, pero no parecía dispuesta a mencionarlo todavía.

—No me vendrían nada mal, gracias —replicó Poseidón con una media sonrisa—. Aunque primero me interesa saber qué es eso tan secreto que solo puedes contarme aquí, en tu casa.

Kate hizo una mueca y observó el paisaje de la mañana que se veía a través de la ventana de la sala de estar donde se encontraban. El lugar resultaba mucho más grande de lo que parecía viendo la casa desde afuera.

—Si así lo deseas... —murmuró algo contrariada, sentándose en una silla de madera en el extremo más alejado del living y señalando un sofá de dos cuerpos que daba de cara a la entrada de la casa para que su invitado se acomodara. Poseidón tomó asiento rápidamente, no sin antes notar que en aquella habitación no había fotos ni cuadros en las paredes, detalle que pensaba común para todos los humanos.

—¿Qué quieres saber exactamente? —inquirió Kate peinándose los cabellos con ambas manos.

—Necesito saber qué pasó anoche y por qué dices que ya te ocurrió antes.

—Sufrí el ataque de... —la muchacha tomó aire y repitió—: Sufrí el ataque de una sirena.

Poseidón entrecerró los ojos fingiendo no saber nada al respecto. No pensaba delatar su naturaleza sin saber toda la verdad.

—¿Una sirena? ¿Estás segura? ¿No habrá sido un animal o...? —no alcanzó a terminar la frase, Kate lo detuvo haciendo un gesto negativo con la cabeza.

—Dijiste que no ibas a dudar de mí, lo prometiste.

—Sí, así fue. Si quieres que te crea, dime cómo sabes que fue una sirena y no otra persona.

—Entonces, ¿crees que existen las ninfas del agua?

El Dios parpadeó varias veces. Desvió la mirada al suelo y se cruzó de brazos, fingiendo pensarse el asunto con detenimiento.

—Sí, creo en los mitos. Por algo la humanidad los conserva en la memoria. Si fueran algo falso, ya nadie los mencionaría —la joven pareció no fiarse de sus palabras, él regresó su mirada a ella— Te creo, Kate, por favor continúa con lo que ibas a decirme.

—Cuando tenía 12 años salimos de viaje con mis padres en su velero recién comprado. Queríamos darle la vuelta al mundo, deteniéndonos en tierra firme solo para comprar alimentos y demás productos necesarios para lograr nuestro objetivo. Estábamos en el Océano Atlántico, habíamos dejado las costas de Brasil hacía varias horas y la noche comenzaba a cubrirlo todo con su oscuridad.

»Entonces ocurrió, algo golpeó el barco y aprovechó nuestra desesperación para subir a bordo y atacarnos. Tenía aspecto de mujer, pero nada humano había en ella. Sus manos... —Kate se estremeció recordando aquel momento lúgubre de su vida— Puedo asegurártelo, las manos de aquella criatura eran garras filosas, como si acaso en vez de uñas una decena de cuchillas terminaran sus dedos. Mi padre fue el primero en caer víctima de su ataque, murió al defendernos... luego esa cosa fue a por mí, pero mi madre la detuvo lanzándose sobre su espalda. En respuesta por su valentía, mamá fue degollada y lanzada al mar.

Mientras hablaba la muchacha, Poseidón contenía sus deseos de salir a buscar a la sirena y aniquilarla con sus propias manos. Hacía centurias que Sheirán se coronaba como la última de su especie y aquel hecho salvaje, aquel ataque a humanos inocentes era algo que él muy bien recordaba, uno de sus mejores soldados había estado a punto de apresar a la oceánida, pero debió quedarse a ayudar a la niña huérfana y conducirla a tierra firme para garantizar su supervivencia.

Kate ya no sentía ganas de llorar al contar su historia. Tantas veces la habían regañado y acusado de mentirosa, en tantas ocasiones había terminado internada por varios días en un psiquiátrico, que sus palabras ahora le parecían un cuento de terror, algo que no le había sucedido a ella, sino a alguien más. Respirando profundo, continuó:

—Cuando la bestia y yo quedamos cara a cara, supe que pensaba matarme generando tanto dolor como le fuera posible y no me importó, solo quería que eso terminara pronto. El milagro ocurrió en ese momento, un muchacho surgió del agua y de un salto ingresó al velero. Comenzaron a pelear, la bestia y él, y pude ver que tampoco era humano. Su cuerpo entero estaba recubierto por escamas plateadas, creo que le servían de armadura; aunque recibía golpes de su oponente, no lo vi sangrar.

»Al final, él la noqueó y tiró su cuerpo al mar. Corrí a la baranda del velero y entre destellos luminosos vi hundirse el cuerpo de esa criatura. Lo juro: mientras alcanzaba la profundidad, sus piernas tomaron la forma de una larga cola de escamas verdes. Fue una sirena, la responsable de la muerte de mis padres fue una sirena.

—¿Y el muchacho? —el Dios se mostró curioso, aunque él sabía muy bien el resto de la historia.

—Él... es el hombre más hermoso que he visto en mi vida. ¡Tan apuesto, tan valiente! ¡Simplemente perfecto! Me cargó en su espalda y nadó de regreso a Brasil. Cuando estábamos alcanzando la costa, pude ver que el mar también había convertido sus piernas en una cola, cuyas escamas eran del mismo color que la armadura que había mostrado al luchar contra la sirena. Nada habló, solo me dejó allí y con una media sonrisa se fue. Desapareció en el momento justo que llegaba la policía.

»Deberías haberme visto, ¡toda cubierta de sangre y gritando que una sirena había matado a mis padres! Mis tíos se hicieron cargo de mí, pero cuando cumplí la mayoría de edad me fui sin dar aviso. Nunca creyeron mi historia y al llegar aquí, decidí ya no mencionarla. Pero lo de anoche...

Poseidón hizo una mueca, apoyando sus brazos sobre las piernas y adelantando su cuerpo hacia Kate, como si así pudiera escucharla mejor.

—Lo de anoche, ¿qué?

—Acostumbro a nadar al caer la tarde. A pesar de todo, nunca le guardé rencor o miedo al mar y me fascina nadar y quitarme las preocupaciones en el agua. Ayer debí esperar a que el océano se calmara un poco. Puede que no lo sepas, pero aquí las aguas suelen ser muy tranquilas y ayer, en cambio, parecían estar dominadas por algún malestar desconocido. Gracias a Neptuno la cuestión no pasó a mayores o no estaríamos aquí hablando en este momento.

El Dios sonrió divertido con aquella última frase.

—¿Dices que igual te metiste al mar, incluso viendo que las aguas estaban revueltas?

—Sí, había tenido un mal día en el trabajo y quería liberar tensiones. Estaba feliz, nadando, cuando algo me sujetó por el pie. Busqué con la mirada, asustada y sin entender lo que sucedía y ella emergió a mi lado con una sonrisa maliciosa. Era la misma sirena, te lo aseguro. La misma bestia que mató a mis padres había vuelto por mi vida. Grité con todas mis fuerzas, intentando defenderme y ya no recuerdo más... salvo que desperté en la playa contigo mirándome preocupado.

—Pensé que ya no reaccionarías —murmuró Poseidón—. Creí que el ataque había sido demasiado para ti.

—La sangre de tu ropa es mía, ¿verdad?

—Sí —la sinceridad de aquella simple palabra causó estragos en la mirada cristalina de Kate.

—¿Cómo? ¿Cómo es posible? No tengo marcas ni cicatrices...

—Yo me encargué de hacer sanar las heridas. Escuché tus gritos, te rescaté y al dejarte en la arena, vi que sangrabas demasiado. No hubieras sobrevivido si esperábamos a que llegara una ambulancia. Como no veía más alternativa, yo mismo cerré las heridas, una a una.

—Es imposible —la muchacha recorrió con la mirada sus piernas y, dudando de lo que veía, deslizó sus manos por la suave piel verificando que sus ojos no la engañaban.

—Lo dice la chica que habla de sirenas...

—Una sirena. Solo fue una sirena. Y esto es algo totalmente diferente.

—No, no lo es —Poseidón se encogió de hombros—. Simplemente decides creer en algo y no aceptas lo que digo. Deberías ser más abierta de pensamientos. Podrías confiar un poco en mí, te salvé.

Kate se puso de pie y retrocedió hasta la puerta de salida de la casa. Contempló al hombre que estaba sentado en el sofá de su living sonriendo de manera extraña y enarcando una ceja, como si la acusara de evitar algo obvio. Si él había sido capaz de salvarla, si había tenido la fuerza para cargar con ella en medio de las furiosas aguas y había curado sus heridas, entonces...

—¿Quién eres? —cuestionó enojada— ¿Quién diablos eres? Un humano común no habría logrado nada de lo que tú hiciste.

—No soy humano —señaló él poniéndose de pie y acercándose a Kate lentamente. Se detuvo a un metro de distancia, evaluando la reacción de su anfitriona.

—¿Eres un tritón, como el que me rescató cuando era niña?

—Mejor aún —las palabras surgieron suaves y atrayentes—. Soy el Dios del mar, hermano de Zeus y Hades.

La muchacha contuvo la respiración durante varios segundos, observando fijamente a ese hombre que decía ser un mito en carne y hueso.

—No puede ser... —murmuró sorprendida— Tú no puedes ser Poseidón.

El Soberano se cruzó de brazos y sonrió. Hacía años que no revelaba su identidad a un humano y le resultaba gracioso ver que aquella joven dudaba de su naturaleza sobrenatural.

—¿Por qué no? ¿Cómo es que no puedes creer lo que te digo?

Kate anuló el espacio que los distanciaba, contempló los rasgos de ese rostro que no tenía marcas aún del paso del tiempo y se perdió en el verdor de unos ojos que la miraban fijamente y parecían ponerla a prueba.

—No te pareces en nada a Poseidón. Eres demasiado joven y la verdad, imaginaba a Neptuno mucho más alto que tú.

Poseidón estalló en risas. Había esperado cualquier explicación menos esa.

—Los Dioses adoptamos el aspecto que mejor nos apetece. La imagen que todos tienen de nosotros es producto de las obras de arte de los griegos y los romanos... estamos en el siglo XXI, ¿esperabas verme de barba y cabellos largos? —dando un paso atrás, levantó los brazos y los bajó lentamente. Para maravilla de Kate, en un abrir y cerrar de ojos, había adoptado la imagen que la joven asimilaba al Dios del mar, superando los 2 metros de altura— ¿Crees que sería cómodo andar así por las calles y llamar la atención de todos los que me cruce en el camino? Me gusta más mi nueva imagen. Me siento a gusto con este cuerpo aunque a ti no te parezca el adecuado.

Mientras hablaba, el Neptuno de los romanos recuperó su forma original, perdiendo más de 20 centímetros en su talla y bastante volumen muscular. La joven regresó junto a la silla que había ocupado y se dejó caer sobre ella sin saber qué decir. Tenía en su living a un ser milenario. Más aún, había sido salvada por el Rey de los océanos.

El reloj de la cocina comenzó a sonar insistentemente y Kate se vio obligada a reaccionar.

—Es tarde, debo ir a trabajar —dijo poniéndose de pie y buscando su cartera. Poseidón la observaba curioso, ella parecía haber tomado su revelación con bastante tranquilidad—. Puedes comer lo que quieras, manéjate como si fuera tu propia casa. Hablaremos cuando regrese, algo me dice que tu visita por estos lares debe tener una causa justificada.

Antes de que el Dios pudiera decir nada, Kate ya había salido por la puerta principal y se dirigía al centro del pueblo. Poseidón la observó alejarse a través de la ventana y suspiró. Si él hubiera dado muerte a Sheirán en su debido momento, esa humana tendría a su familia a su lado y no se hubiera visto obligada a abandonarlo todo y escapar a tierras australianas.

—Espero que tengas una buena explicación —urgió una voz demasiado familiar para el Dios— para abandonar tu reino luego de tres milenios y sin aviso.

Poseidón giró el rostro y contempló a su hermano Zeus que se había acomodado en el sofá que momentos antes él mismo había ocupado. Como siempre, lucía perfecto y dominante. Odiaba cuando el menor de los suyos lo regañaba como a un niño. Ese día, especialmente, no estaba para tolerar reprimendas.



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Y con la entrada en escena de Poseidón, pido disculpas por la demora en actualizar aquí. En Wattpad subí el capítulo el sábado, como había prometido, y me olvidé actualizar este espacio.
Espero les guste!

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