sábado, 25 de julio de 2015

Capítulo 1: El Talismán de Poseidón

Poseidón bufó, observando la costa deshabitada de la playa donde había arribado persiguiendo a Sheirán. A pocos metros, una pequeña población levantaba sus edificios de cara al Océano Índico. No había otro lugar dónde ir. Estaba seguro de que la sirena estaba escondida en aquel poblado humano. Su rastro la delataba. Ese aroma a sal característico del agua marina mezclado con esencias florales le causaba picor en el paladar. Ella estaba cerca, muy cerca.
Tantos años persiguiéndola, tanto tiempo rebuscando en cada segmento acuático del mundo para descubrir un día que, burlando a cuanto tritón había en el castillo, la sirena había osado robar su tesoro más importante y huir con total facilidad. No podía esperar que sus huestes la buscaran, ellos ya habían fallado durante demasiado tiempo. Era tarea suya el encontrar a la oceánida y recuperar lo que le pertenecía. Ella era la última. Luego ya no tendría dolores de cabeza ni preocupaciones, luego no sentiría esa angustia que oprimía su pecho desde hacía milenios, sencillamente porque ya no existiría en el mundo responsable alguno de su padecer. Con la muerte de Sheirán enterraría al fin su angustia y concluiría el luto para su señora e hijo. Por ellos había dictaminado la Ley, por ellos estaba en una distante costa de Australia persiguiendo a oscuras a una sirena despiadada.
Alejando oscuros pensamientos, el Dios fijó su atención en la playa. Caminó lentamente contemplando todo a su alrededor, sin bajar la guardia en ningún momento. Debía estar alerta ante cualquier sonido extraño, su sentido del oído sobrenaturalmente agudizado le permitía captar los murmullos más débiles a varios metros a la redonda.

Poseidón dudaba ya de la quietud que la noche mostraba cuando ocurrió algo inesperado que lo obligó a centrar su atención en el mar que había abandonado minutos antes: un grito despertó desde el agua, un desgarrador pedido de auxilio proveniente del corazón mismo de las olas.
Preocupado, el Dios rastrilló con la mirada la franja de océano que rodeaba a la costa. Le significó poco esfuerzo detectar a quien emitía aquellos agudos sonidos que resultaban ser una extraña aleación de desesperación y necesidad de ayuda. Dudó al verificar que ningún tritón llegaba a socorrer a la humana en peligro y, echando un vistazo a su alrededor, resolvió internarse nuevamente en las olas, esta vez sin pensar siquiera en recuperar su cuerpo híbrido.
A fuerza de brazadas y gracias a la agilidad que lo caracterizaba, alcanzó su objetivo rápidamente. No se detuvo a verificar si la mujer estaba herida o consciente, solo atinó a abrazarla con fuerza, protegiéndola con su propio cuerpo, y con tono firme urgió a las olas a que contuvieran su movimiento feroz y le abrieran espacio sin causarle molestias.

A paso firme, regresó a la playa cargando en brazos a la joven que había salvado de una muerte segura. ¿Quién se atrevía a lanzarse al mar luego de que el propio Dios de las Aguas abandonara su reino? Eso era suicidio, aunque los humanos poco podían comprender aquella realidad. Las aguas siempre se mostraban violentas cuando él se alejaba, ferocidad que se acrecentaba a medida que transcurrían los días con Poseidón fuera de sus dominios.
Sobre la arena húmeda depositó el cuerpo de la muchacha que apenas respiraba y se arrodilló a su lado para brindarle los primeros auxilios. Controló su pulso cardíaco y no tardó en descubrir profundos arañazos en ambas piernas de la humana. Surcos irregulares, realizados con filosas garras que únicamente podían pertenecer a una criatura milenaria y al borde de la extinción: aquellas marcas habían sido generadas por una sirena. Sheirán se había valido de una inocente para generarse espacio de escape y él había sido un tremendo idiota por permitirle escapar.
En cuclillas, observó detenidamente a la joven mujer que gemía por lo bajo a causa de las heridas que sangraban profusamente. Suspiró, sabiendo que no podría haber corrido tras Sheirán dejando a su suerte a alguien que nada tenía que ver con la lucha entre ambos. Era Poseidón, el Neptuno adorado por los romanos. Abandonar a la muerte a un humano inocente no se mencionaba entre sus defectos y nunca ocurriría. Ya tenía bastante con su mal humor y la carencia completa de tacto para los momentos sensibles o emotivos. “Demasiado directo”, así lo caratulaba Zeus siempre que peleaban. “Impulsivo y tonto”, agregaba Hades cuando quería molestarlo. Ser el hermano del medio nunca había resultado sencillo, menos que menos al tener al Dios de los Cielos como hermano menor.
Haciendo una mueca, deslizó su mano derecha por las heridas de la desconocida y con suaves movimientos cerró uno a uno los zarpazos de la sirena. No quedaría rastro del ataque, al menos, no físicamente. Sobre lo que la joven había visto y sentido bajo las aguas, nada podía hacer. No estaba en sus facultades anular la memoria de los humanos y no pensaba intentarlo en aquel momento. Era prioridad verificar que la víctima se recuperara y que su vida no corriera peligro. Sheirán no iría muy lejos. Él buscaría la manera de hacerle pagar todas sus fechorías.
Se arrodilló en la arena y procuró controlar su respiración, intentando calmar el enojo que lo inundaba y amenazaba con estallar en cualquier momento. Con poca sorpresa contempló que su ropa se había teñido con la sangre de la humana y bufó al caer en la cuenta que luego debería conseguirse nuevas vestimentas para no llamar la atención. Observó a la muchacha que se mantenía sumergida en el sopor propio de lo ocurrido y comenzó a contar los segundos que transcurrían en silencio. Tres minutos, ese era el tiempo máximo que podía tolerar antes de actuar con sus poderes y hacerla despertar a la fuerza. Reanimarla antes no era bueno, el cuerpo requería de cierto momento propio para superar el ataque de una ninfa acuática.

En el segundo número 75, la joven abrió sus ojos y se incorporó con un movimiento brusco. Recorrió con la mirada el espacio que la rodeaba antes de dar con Poseidón, que tenía la vista fija sobre ella desde el instante mismo en que percibió su regreso a la consciencia. Él ansiaba verla fuera de todo riesgo simplemente para verse libre de perseguir a la sirena.
—¿Estás bien? —urgió con tono grave.
—Eso… no es de tu incumbencia—replicó con voz lastimada.
—No puedo dejarte sola, ¿hay alguien a quien deba llamar en este momento?
—No, está bien —la negativa de la muchacha sorprendió al Dios—. Vivo en aquella casa —con dificultad, se incorporó y señaló una pequeña cabaña de color blancuzco—. Gracias, de todos modos.
Poseidón asintió, dándole espacio para ponerse de pie y la observó alejarse sin dar crédito a lo que veía. Esa humana no solo parecía carecer de preguntas respecto a su casi garantizada muerte, sino que se había mostrado totalmente segura al encaminarse a su hogar sin detenerse a mirar atrás.
El Soberano enarcó una ceja y se llevó las manos a la cabeza. No podía perder tiempo analizando el accionar de una humana que acababa de conocer. Debía ir tras la sirena que le había robado el talismán, no era momento para detenerse a pensar en cosas que no le afectaban. Respiró profundo y se lanzó a la carrera, siguiendo el aroma de Sheirán y rugiendo por lo bajo. Se internó así en los laberintos conformados por las pequeñas calles del pueblo. En más de una ocasión se descubrió dando vueltas en círculo y terminó, sin pretenderlo, junto a la playa una vez más.

Sin importar cuánto rebuscó o cuán rápido pudo moverse, Poseidón no fue capaz de alcanzar a la ninfa. Durante horas recorrió cada centímetro de suelo transitable una y otra vez; en algunas ocasiones lo hizo más lento, en otras con feroz velocidad. El amanecer lo encontró vagando por la playa, con el enojo recorriendo y devorando sus venas, pensando que su preciado tesoro estaba en manos de una desquiciada oceánida que sólo planeaba declararle la guerra a la primera oportunidad.
“Al menos durante el día no puede moverse entre los humanos”, se consoló, “debe estar encerrada en algún lugar oscuro, esperando la posibilidad de seguir huyendo”. Ningún tritón o sirena era capaz de desplazarse a plena luz del día sin correr peligro. Caminar con el sol sobre sus cabezas significaba convertirse en una nube de burbujas multicolores antes de alcanzar a dar el segundo paso siquiera, algo que el Dios había decretado para mantener en el mar a sus súbditos durante las horas en que los humanos se encontraban más activos. Al caer la tarde debería salir a buscarla. Mientras, le quedaban doce horas de sol y calor veraniego.
Se sentó en la arena y observó las aguas del océano, su hogar, moverse con la lentitud del día que despertaba. Le gustaba esa hora en particular, cuando la luz de Febo comenzaba a contagiar de color al mundo y el mar adquiría entonces ese tinte azulado que tanto amaba. Cuando su esposa vivía, ambos acostumbraban salir a ver el amanecer desde la costa que tuvieran más cerca, pero de eso hacía mucho tiempo y no quería rememorar angustias y dolores que debía dejar a un lado, al menos de momento.
Guardándose la melancolía para más tarde, se perdió en mil pensamientos sin quitar la mirada de las aguas claras que formaban parte de su reino. Lejos quedaba la cuestión de sus ropas manchadas de sangre que lo hacían parecer un asesino en serie más que un Dios bajo su forma mortal.

—Hey, tú… —una voz familiar llamó la atención del Dios— Eres el muchacho que me salvó anoche, ¿verdad? Lamento mi actitud, no debería haber sido tan brusca contigo.
Poseidón desvió su atención hacia la joven que lo observaba sonriente. No recordaba que los humanos fueran tan complejos en su manera de actuar o desenvolverse frente a extraños. Esta chica, en particular, parecía ser más complicada que la mayoría de sus congéneres.
—Tendrías que mantenerte lejos. No me conoces, no sabes de lo que soy capaz —dijo regresando la vista al mar. Su voz era la viva imagen del océano, cristalina, grave y suave, todo al mismo tiempo, conformando un sonido melodioso y atrayente, cautivador y envolvente. Si Poseidón hablaba, al igual que sucedía con sus hermanos, todos se detenían a escuchar lo que tenía para decir.
—Si fueras peligroso no me habrías salvado. Me llamo Kate, ¿y tú eres…?
El Dios hizo una mueca. No podía presentarse con su verdadera identidad, ella no le creería y tampoco resultaba algo bueno eso de ir por allí dándose a conocer tal y como era en realidad. Prefirió cambiar de tema y actitud, replicando con otra pregunta:
—¿Qué pasó anoche, Kate? ¿Cómo terminaste en plenas aguas oceánicas a esas horas?
Un suspiró escapó de los labios de la humana, mientras guardaba las manos en los bolsillos de su pantalón corto y contemplaba el mar en silencio.
Al cabo de unos minutos, respondió:
—Si te lo dijera, no me creerías. Ya sucedió antes y mi propia familia me pensó loca. Por eso debí escapar de mi hogar y llegar a este pueblo olvidado en el fin del mundo…
 La crudeza de aquellas palabras, la sinceridad fría y directa, despertó la atención de Poseidón. Ella estaba siendo sincera al hablar con él y al parecer, aquello que le había sucedido la noche anterior solo era la repetición de un hecho similar.
—Si me cuentas lo que viste, te diré quién soy —prometió sin quitar los ojos del agua—. No creeré que estás loca, lo prometo.
Kate dudó, buscando algo en la postura desenfada de ese extraño hombre que había tenido la valentía de lanzarse al mar para salvarla, intentando encontrar una razón para confiar en él. Pudo aferrarse a la única idea que la mantenía en aquel sitio a esas horas de la mañana: si él hubiera querido dejarla morir, lo habría hecho. Si fuera alguien de poco fiar, no habría nadado entre las aguas furiosas para rescatarla.
—No eres de por aquí —dijo haciendo una mueca— y algo me dice que no tienes dónde quedarte. Ven conmigo, tengo espacio de sobra en casa y allí podremos hablar tranquilos.
Poseidón regresó su atención a la humana que en aquel instante le sonreía con entusiasmo. Kate era extraña en verdad. Tal vez aquello que había vivido había influido en su manera de actuar. Fuera como fuera, no captaba maldad en ella ni tampoco sentía la necesidad absoluta de obligarla a decir la verdad, como ocurría con quienes le generaban desconfianza.
—Vale, acepto tu propuesta. Espero que no salgas corriendo cuando descubras quién soy —dijo con tono serio y agregó por lo bajo—: o deberé encontrar la manera de silenciarte.
La joven observó al Dios frunciendo el ceño, intentado descubrir si hablaba en serio o solo era una broma.
—No te tengo miedo. No veo motivos para huir de ti.
Dando media vuelta, Kate comenzó a caminar hacia su casa, que quedaba a pocos metros de donde se encontraban. Poseidón la siguió sonriendo. La desenvoltura de esa humana le llamaba la atención. Le gustaba estar con alguien que no lo alabara o manejara sus reacciones ante su presencia atendiendo a su condición de Dios. Sería divertido conocer más sobre Kate. Al menos ya tenía en qué invertir las horas de luz que le quedaban al día…   


Sin que el Dios lo percibiera, el tatuaje de su cintura cobró vida y ganó varios milímetros de líneas azules y verdes con detalles en negro. Llegado el momento, el diagrama de su espalda cobraría tal fuerza que el dolor sería insoportable. No era tiempo aún. Pasarían varias semanas antes de que el dibujo generara efectos nocivos en Poseidón, él ya lo sabía y estaba preparado para tal suceso. 


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Nos leemos pronto!

1 comentario :

Tania Yesivell dijo...

Hola. A ver si logro seguir esta historia. Inicia interesante, todavía no tengo suposiciones ni mucho que comentar. Sólo dos cosas: que yo tenía entendido que esos dioses, iban con minúscula (no me acuerdo quién me lo dijo; y aunque tiene perfecto sentido para mí que "no es lo mismo Dios que un dios" no puedo decir con seguridad que esa sea la regla); segundo, que esperaba más detalles sobre el escape de la sirena.