domingo, 26 de enero de 2014

Nada ni nadie podría detenerlos

Miró al horizonte y sonrió. La aurora aún no daba indicio de su presencia.
—¿Estás segura? —cuestionó cerca suyo una voz grave.
Volteó a mirar a su compañero y la sonrisa creció en su rostro.
—Sí. Confío en que lo lograremos.
—Somos pocos. Estamos demasiado cerca de la fortaleza principal.
Ella asintió.
—No nos esperan. Tampoco creen que representemos una verdadera amenaza frente a sus imponentes ejércitos.
—Y por eso caerán, ¿verdad?
La muchacha río.
—Sí. Con la buenaventura de los Dioses de nuestro lado, nuestros enemigos caerán al fin.
—Missa... espero de todo corazón que él aún esté vivo.
—Jerome, deja de preocuparte. Tu hermano está vivo, lo siento aquí —comentó señalándose el pecho, en el punto donde se suponía que estaba su corazón protegido tras una coraza de huesos y músculos.
—Entonces, todos los sacrificios habrán valido la pena —replicó el joven guerrero, mirando la espada que descansaba en su mano derecha.
—Al amanecer, con el cambio de guardia, atacaremos. Recuperaremos a Bastian y retomaremos el control del reino.
Jerome hizo una reverencia.
 —Serías el orgullo de tu padre, Princesa. Me alegra luchar a tu lado.
Missa suspiró, incómoda ante el cumplido.
—Sólo me interesa volver a vivir en un lugar donde la paz impere sobre el pueblo y la tranquilidad sea algo por lo que no debamos luchar.
—Haré todo lo que esté a mi alcance para ayudarte.
—Gracias —dijo, volviendo la atención al cielo—. Vamos, ya casi es hora.
Dando la espalda a la ciudadela que se erguía cercana, ambos retornaron junto a la pequeña guardia que había seleccionado tiempo atrás. Había llegado el momento de reclamar lo que les pertenecía y nada ni nadie podría detenerlos.




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Nos leemos pronto!

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