domingo, 3 de noviembre de 2013

Renegando de su inmortalidad...

Poseidón contempló a su mujer y sonrió. Ella miraba el horizonte y parecía encantada ante el paisaje que se generaba por la luz del sol a la hora del atardecer y el mar moviéndose con su ritmo característico.
El Dios del mar, sin embargo, no podía atender a nada más que a su reina. Lo cautivaba la tersura de su piel, la suavidad de sus largos cabellos oscuros, la luz que su mirada reflejaba cuando ella se maravillaba ante alguna escena como la que estaban viviendo. 

Aún luego de varias centurias, él se veía atado a su mujer con una fuerza superior y única. La amaba, como nunca antes había amado a alguien, como jamás amaría a nadie más.
Sonrió nuevamente, mientras tomaba su mano y enredaba sus dedos con los de la sirena que seguía observando el horizonte y se emocionaba con aquella imagen que le regalaba el mundo una vez más.
El sol se escondió al fin y la reina giró su rostro hacia Poseidón, riendo y agitando su cabellera al viento. Al descubrir a su dios mirándola con el embelesamiento de siempre, ella sonrió y se acercó aún más a él, capturándole el rostro con las manos y buscando que sus labios rozaran los propios.
El Rey de los océanos se entregó al beso, sabedor de su vulnerabilidad ante su amada sirena.

Un estruendo se escuchó entonces y el mundo se desvaneció en la oscuridad. Poseidón despertó entre gemidos y con la respiración entrecortada. Su pecho se movía velozmente, subiendo y bajando a un ritmo enfermizo. Odiaba aquel sueño, odiaba su cuerpo humano que lo obligaba a dormir y ser víctima de manifestaciones oníricas que solo le causaban angustias y sufrimientos sin par.
Extrañaba a su reina, de una manera que jamás nadie entendería. Aquel dolor lo había impulsado a cometer su venganza. Solo por aquella pérdida, el Dios había impulsado el exterminio total y definitivo de las ninfas acuáticas. 

Sin importar cuántas muertes causara, jamás sentiría que su pena desaparecería por completo, pero al menos podía mitigarla y encontrar motivos para seguir sobreviviendo un día más.
Si acaso eso era vivir, maldecía entonces su inmortalidad. Porque Sheirán había sido la última de su especie, entonces ¿cómo podía él seguir?


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Nos leemos pronto!

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