jueves, 7 de noviembre de 2013

La Gema Imperial: Capítulo 4

"Las manos del ángel abrirán caminos, despejarán senderos que se creían olvidados. Los elegidos recuperarán así sus poderes y la Gema lo sabrá, porque su magia y la de los iluminados es la misma, aunque manejada de distinta manera".

Dante contemplaba a sus protegidos con una enorme sonrisa dibujada en el rostro.
Seroc y Bethan, en cambio, le devolvían la mirada con absoluta desconfianza. ¿Qué los había impulsado a huir del psiquiátrico siguiendo a un perfecto desconocido como aquel?
Habían encontrado escondite en una casa en refacción. Aquí y allá, los escombros, materiales de construcción y demás rastros típicos de esos lugares, generaban sombras que incomodaban en sobremanera a Bethan, algo que Seroc sabía sin tener que dirigirle la mirada. Dante también lo adivinaba, aunque no pensaba decirlo en voz alta.

—¿Vas a decirnos cómo apareciste y por qué? —cuestionó Seroc, cruzándose de brazos y bufando por lo bajo. Llevaba tantos años encerrado y con chaleco de fuerzas a cuestas, que saberse libre le causaba una gran preocupación. Él sabía los humanos no suelen actuar por simple solidaridad para con los demás y no tenía nada con qué pagar su liberación. Podía huir, pero Bethan no se movería lo suficientemente rápido y no pensaba dejarlo atrás.

Dante sonrió, recordando la última vez que había visto a Seroc. El humano tenía solo 10 años y estaba jugando a las escondidas con Bethan, que había cumplido 7 y tenía tanta vitalidad como para devorarse el mundo.
Dante los había visto corretear y reír durante horas, hasta que se animó a acercarse a los dos niños y hablarles sobre la verdad que dominaba sus vidas y el destino que debían cumplir para salvar al mundo.
Aquel había sido su mayor error. Despertar en ellos el poder que debían dominar de adultos, generó en Seroc y Bethan terribles consecuencias y Dante aún se sentía culpable por ello.
Que los hubiera liberado del hospital no era nada comparado con todo lo que habían sufrido ambos muchachos por culpa de los diagnósticos médicos.

El Anoi cerró los ojos y la sonrisa de su rostro se borró por completo.
Recordaba los estragos que habían hecho sus protegidos en la ciudad donde solían vivir, el horror en sus pequeños rostros cuando los enclaustraron en el psiquiátrico y la involución de ambos con el transcurso del tiempo.
Seroc llevó su exasperación y violencia al máximo, incapaz de tolerar lo que le ocurría, solo respetaba las opiniones de Bethan.
Bethan, por su lado, se encerró en sí mismo. Poco a poco se alejó de todos y todo, menos de Seroc.
Los médico vieron la rareza de sus casos y aceptaron mantenerlos juntos, aunque eso no salvara a los chicos de las terapias de electrochoque y de los fármacos a diestra y siniestra.

Erzengel había regañado y peleado con Dante por todo lo ocurrido. “Un Anoi no hace ese tipo de cosas, no comete errores así”, había dicho gruñendo a su amigo, “si algo les pasa, lo pagarás caro.
Ocho años después, Dante observaba a Seroc y Bethan y corroboraba el tamaño de su error. Seroc parecía estar listo para saltarle encima en cualquier momento y Bethan no hacía otra cosa más que mirar a Bea, la pequeña tortuga que guardaba en un bolsillo de un pantalón, y acariciarla como si fuera un tesoro invaluable y perfecto.

—Hey, ¿me escuchaste? —la voz de Seroc hizo reaccionar a Dante.
—Chicos, vine para rescatarlos. Ya era tiempo. Sé que tardé demasiado, pero llegué al fin.
—Deja de hablar como si nos conocieras —Seroc gruñó, molesto por tanta familiaridad.
Bethan sacó a Bea y la acarició con cuidado mientras murmuraba:
—Seroc, deja que hable tranquilo y escucha. Si lo agredes, dejará de hablar ¿entiendes?
Dante sonrió. El instinto protector entre ambos siempre le había llamado la atención. Esos chicos eran todo un caso.
—Puedo demostrarles a qué vine. No preciso hablar —explicó al tiempo que se acercaba a ellos.
Bastaba con un roce de sus manos para devolverle los recuerdos perdidos y darles todas las respuestas que buscaban. Un sello, además, y ambos sanarían toda herida física o mental. Aunque el horror vivido nunca los abandonaría y quedarían rastros en los muchachos.
Por mucho que se esforzara el Anoi, su magia no bastaba para borrar los maltratos, los golpes y las angustias. Las reminiscencias de lo vivido en el hospital afectarían a Seroc y Bethan durante el resto de sus vidas, por mucho que le pesara a Dante y Erze.

Una luz brilló con tono anaranjado en las manos de Dante al tiempo que palmeaba las espaldas de sus protegidos, que no pudieron alejarse a tiempo, y el destello energético creció de manera exponencial, al punto que Seroc cayó inconsciente y Bethan al escuchar un gemido leve de su tortuga, salió corriendo sin decir palabra.
Dante cargó en sus brazos a Seroc y comenzó a buscar por la casa el lugar donde Bethan seguramente se había escondido para proteger a Bea.
Al final, el Anoi se encontró frente a un baño químico, con Seroc cargado sobre uno de sus hombros y la idea ciega de que Bethan estaba ahí dentro. El rastro de hielo que cubría el suelo confirmaba su suposición, aunque también le auguraba que sería trabajoso hacerlo salir sin causarle daño.
Debería esperar a que Seroc reaccionara y aportara su ayuda a la causa.
La noche se le haría larga a Dante. Peor sería el amanecer, cuando Seroc despertara y viera lo que había ocurrido con Bethan. El Anoir ya se iba preparando para ver arder a Troya y quemarse en el proceso.


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Nos leemos pronto!

1 comentario :

Bilingord dijo...

hey! Aquí estoy, recién termino el capitulo. Me gusto como mucho como siempre. A esos niños malcriados hay que darles Disciplina me parece, veremos como se maneja Dante :D