sábado, 2 de noviembre de 2013

La Gema Imperial: Capítulo 3

“De fuego y hielo nacerá la Gema, de relámpago y oscuridad, de anhelo ciego. Y cuando despierte, todo dependerá de los vulnerables y simples seres humanos”.

En la quietud exasperante que imperaba en la habitación, en las penumbras que lo envolvían asfixiantes, Seroc tomó aire lentamente y comenzó a gritar tan fuerte, tan enfurecido, que las paredes se estremecían con cada palabra que emitía el muchacho.
Solo le quedaba eso. Sus brazos cruzados hacia la espalda, sujetos por el bendito chaleco de fuerza que parecía ser parte de él como una segunda piel desde la más tierna infancia; su cabello largo y oscuro cubriéndole el rostro sin poder evitarlo.
Los recuerdos de su vida normal se disipaban en un pasado turbio y distante. Llevaba en el psiquiátrico demasiados años, con los electrochoques, los ansiolíticos y la rabia creciendo en pecho noche tras noche. Algún día se cobraría todos los maltratos. Ahora, solo pensaba en gritar. Necesitaba que alguien llegara y pronto.

En otro extremo de la habitación, Bethan se aovillaba sobre su propio regazo, contemplando con la poca luz que le llegaba, algo que escondía entre sus manos con recelo. Con su mano derecha acariciaba suavemente su tesoro: una pequeña tortuga que una enfermera le había regalado tiempo atrás. Con cada grito de Seroc, la tortuga -Bea- se estremecía más y más y Bethan solo intentaba calmarla con susurros tiernos y caricias constantes.
—Seroc, deja de gritar por favor —dijo con total tranquilidad, elevando a Bea hasta la altura de sus ojos y verificando que estuviera bien.
—Bethan, ¡no lo entiendes! Ellos piensan matarnos, ¡así de fácil!
—Hablo en serio. Deja de gritar. Pones nerviosa a Bea y luego no dormirá tranquila.
Seroc se detuvo por un momento, poniendo toda su atención sobre la puerta de la habitación, antes de dirigirse hacia donde estaba sentado Bethan.
—Dime, ¿cuándo fue la última vez que te dieron la medicación?
Bethan se lo pensó un poco. Cuando levantó la mirada hacia su amigo, los cabellos blanquecinos brillaron tenuemente en la oscuridad.
—Hace tres días.
—Igual que a mí. Están esperando a que reaccionemos, quieren que salgamos del cuarto y así tendrán excusa para matarnos. Por eso grito, Bethan, necesito que venga alguien, que vea lo que está ocurriendo y nos ayude.
—Si es como dices, nadie nos ayudará. Cuando Marie me regaló a Bea la despidieron, ¿recuerdas?
—Sí. No te quitaron la tortuga porque llorabas como un niño —recordó Seroc— Y porque sabían que yo me las cobraría ni bien tuviera oportunidad.
—Exacto. Nadie vendrá, Seroc. No quieren o tienen miedo o lo que sea. Nadie vendrá.
—Me están obligando a cometer una locura. Sabes que no soy así.
—Sé que si te suelto puedes hacer algo de lo que te arrepentirás luego, si a eso te refieres, y no pienso liberarte. Si ha llegado nuestra hora, esperemos tranquilos. Si tiene que suceder, sucederá.
—No pienso dejarme morir tan fácil — y ante aquellas palabras, Seroc comenzó a gritar de nuevo, tan fuerte y lastimero, que seguramente nadie dormiría en aquel sanatorio aquella noche.

Bethan estaba a punto de pedir silencio nuevamente cuando un temblor sacudió la habitación y Seroc debió apoyarse contra la pared para evitar caerse.
La puerta del cuarto cayó hecha pedazos y una silueta apareció cubriendo el espacio por donde Seroc había soñado escapar tantas veces.
Los muchachos observaron sin saber qué decir o hacer, mientras el desconocido caminaba hacia ellos y los miraba sonriendo. Llevaba en sus manos una antorcha con los cual iluminaba todo a su alrededor. Pudo descubrir un brillo delirante en la mirada de Seroc, el pálido rostro de Bethan y la desolación de aquel lugar deprimente y enfermizo.
Si aquellos dos estaban afectados por alguna dolencia, el lugar donde los mantenían recluidos seguramente había agravado sus cuadros clínicos.

—Chicos, es hora de irnos —señaló el recién llegado— Vamos, antes de que los guardias despierten.
Seroc y Bethan se miraron por un momento, dudando ante la propuesta. Podía ser una trampa, un modo de sus cuidadores de buscar una razón para darles muerte.
—Vamos, puede venir Bea también —dijo el extraño visitante señalando a la tortuga que Bethan intentaba ocultar entre las manos.
—¿Quién diablos eres? —soltó el pelilargo plantándose frente a Bethan y encarando al hombre que no aparentaba superar los 30 años y no dejaba de sonreír mientras los miraba atentamente.
—Seroc, si no me recuerdas hieres mi orgullo. Ya hablaremos más tarde, debemos irnos primero. Bethan, ¿quieres hacerlo entrar en noción?
—Dinos quién eres y me pondré de pie y sé que Seroc vendrá si yo voy… así que, ¿quién eres?
—Me llamo Dante, ¿listo? Ahora, de una buena vez, salgamos de acá o haré volar todo por los aires y no me importará lo que les ocurra a ustedes.
—Bueno, bueno, ahí vamos —Bethan ya estaba listo y con un brazo tirando de Seroc antes de que Dante terminara de hablar —. Cualquier cosa por salir de aquí.
Dante sonrió y regresó sobre sus pasos, iluminando el camino de salida para que los chicos lo siguieran sin problema.
En las penumbras quedaban ocultos los cuerpos de quienes habían caído inconscientes por culpa de Dante. No les había quitado la vida porque Erzengel no se lo perdonaría jamás y no podía permitirse algo así.

En algún lejano pueblo al norte de Argenia, Dante les regaló la libertad a Seroc y Bethan. Sabiendo que Erze estaba en el otro extremo del país con sus protegidos esperando,  el Anoi respiró profundo y busco la manera de explicarles a los muchachos que lo acompañaban la verdad sobre su rescate y el motivo por el cual los precisaba sanos y salvos.
Estaba sucediendo. Los iluminados estaban ya con sus Anois. Quedaba despertar en ellos el poder que guardaban y entrenarlos para lograr su misión. El mundo dependía de ellos y solo Dante y Erzengel lo sabían.



-----------------------------
Nos leemos pronto!

No hay comentarios :