viernes, 22 de noviembre de 2013

El instante ameritaba romper ciertas reglas

—Jamás pensé que llegaría a este punto —la voz de Poseidón era apenas un murmullo.
—Lo sé. Incluso yo mismo temí por tu futuro —Hades sonrió con tristeza. Odiaba ver a su hermano así, como una suerte de hombre destrozado, tan diferente y lejano del Dios que supo ser milenios atrás.
—No puedo amar a una humana. Quedarme en tierra firme supone un peligro constante para todos, las aguas no tolerarían mi distancia.
—Tampoco puedes convertir a la muchacha en sirena. Tu ley de nula tolerancia para con las oceánides es una sentencia a muerte para ella ni bien la transformes.
—Debo liberarla del Talismán sin hacerle daño —el Dios del mar suspiró, pensando en la gran incoherencia que pretendía lograr. Hades replicó a sus pensamientos:
—Eso es imposible, morirá en el proceso. Busca una alternativa.
—¿Qué sugieres? Si dejo que el Talismán la convierta, si levanto la ley ahora, por mi simple conveniencia, los tritones no lo tolerarán y están en todo su derecho de no hacerlo.
—No puedo decirte qué hacer. El problema es tuyo y solo tuyo. Lo lamento.
Poseidón desvió la mirada hacia el mar. Las aguas mostraban la violencia de la emoción que el Dios vivía en carne y hueso. Su preocupación se convertía en miles de cristalinas gotas saltando y brincando desde la masa principal de agua salada, para estrellarse luego contra sí mismas y caer de regreso al mar.

Hades contempló a su hermano con la preocupación dibujada en la mirada. No le gustaba el rumbo que estaba tomando la situación, no le agradaba en absoluto saber que Poseidón estaba llegando a un límite peligroso para todos.
Había reglas que, como Dios del Inframundo, había implantado al iniciar su gobierno en las tierras donde solo los muertos podían morar. Reglas que pocas veces había roto, porque el momento lo ameritaba, como en ese instante. Por eso, luego de sopesar las posibles consecuencias, dijo con voz grave:
—Busca la manera de llevarla a las fronteras de la vida. Quítale el Talismán procurando que le quede un respiro y yo le negaré el acceso a mis dominios. Ella vivirá, te lo prometo. Luego, lo que sea de su existencia y la tuya, ya no será asunto mío. ¿Aceptas?

Poseidón sonrió, algo esperanzado. Hades estaba jurando salvar a la mujer que él amaba. Después restaría resolver qué hacer con ese amor que sentía. Ahora, saber viva a la humana que había hecho vibrar su corazón luego de tantos milenios de tristeza, le bastaba para respirar y sonreír al menos por un momento.
En silencio, los dos hermanos comenzaron a caminar por la playa. La arena amortizaba el sonido de sus pasos y el agua, reflejando la tranquilidad instaurada en Poseidón, apenas danzaba contra las costas. 
El destino de muchos estaba a punto de cambiar. Las Moiras lo sabían, lo estaban hilando, más no pensaban dar aviso al respecto.



Dedicado a Tania Castaño Fariña, en ocasión de su cumpleaños.
Espero que te haya gustado, encanto!
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Nos leemos pronto!

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