lunes, 1 de julio de 2013

Adictos a la Escritura. Proyecto de Junio: sobreviviendo.

La traición


Desvié la mirada al cielo y contemplé las estrellas.
Estábamos en pleno océano, con la noche cubriéndonos implacable y certera y sin modo alguno de pedir auxilio.
Anabelle paseaba entre el mundo consciente y el de los delirios con una rapidez que me atemorizaba. Ora me hablaba con lucidez y preocupación, ora recitaba una poesía sobre las aguas profundas del mar.
Mi cuidado iba dirigido a saberla flotando y despierta, no importaba si hablaba en latín y cantaba villancicos.
Debíamos ser pacientes, aguantar hasta la llegada del día. Ninguno de los dos tenía fuerza suficiente para nadar y tampoco sabíamos qué rumbo tomar. En medio de la nada misma, no contábamos con brújula o mapa que sirviera de guía. Íbamos a la deriva y no veía muchas posibilidades de sobrevivir.
Así y todo, confiaba en mi hermano y rogaba para que sus pensamientos se iluminaran y le permitieran recordar el dispositivo de GPS que cargaba en el único anillo de mi mano izquierda. Si Xavier no intentaba buscarnos de ese modo, no teníamos forma de salvarnos.
Nadie se imaginaba dónde estábamos, nadie podía pensar en dirigir sus pesquisas hacia alta mar… teníamos las de perder y lo sabía bien. Pero no me importaba mi vida, solo quería salvar a Anabelle. El resto, en verdad poco me interesaba.

Cerré los ojos y repasé los últimos momentos antes de vernos sumergidos en el agua. Recuerdo el enojo de Xavier, su furia al pensar que yo había recaído en mi vicio del juego y las apuestas, su temor ante el secuestro de Anabelle. Él creía que todo se debía a una venganza contra mí. No estaba muy lejos de la realidad, solo que no era como pensaba.
Puedo describir con lujo de detalles mi carrera por la autopista directo hacia la dirección que marcaba la nota de los secuestradores, mi temor acelerando mi respiración y empujando a mi corazón a latir desbocado.
Tenían a Anabelle encadenada a una pared de pintura raída y polvorienta, con una mordaza impidiéndole gritar o expresarse de forma entendible. Una venda en los ojos le impedía ver a sus agresores, más no la salvaba de sentir la sangre que manaba desde sus labios y caía por el cuello y pecho. Seguramente la habían golpeado al ver que se resistía a ser llevada por la fuerza. Anabelle era así, nunca aceptaba que la obligaran a nada.
No hice reparo alguno cuando el líder de la banda expuso su propuesta para liberar a la mujer que amaba.
“¿Cuánto la amas? ¿Renunciarías a todo para salvarla?”, cuestionó ofreciendo varios papeles y un bolígrafo, “Entonces, entrégame todas las acciones de tu empresa, has de cuenta que me las vendes a cambio de la libertad de tu chica linda”.
Firmé sin leer siquiera lo que decía el boleto de compra venta. Podía estar regalándome mi alma al mismísimo demonio y no me habría importado. Quería saber a Anabelle a salvo y sin peligro de otro suceso similar, aunque eso significara saberme en la bancarrota y pobreza absoluta. Xavier me ayudaría, una vez de regreso en casa.
Entregué los papeles y el jefe de los bandidos estalló en carcajadas.
“Eres idiota, chico, tan idiota…”, murmuró mientras chasqueaba sus dedos y dos de sus subordinados se abalanzaban sobre mí.
La oscuridad se apoderó de mí y reaccioné cuando mi cuerpo entró en contacto con el agua.

Era verano, pero así y todo, el frío de la inmensidad líquida que nos rodeaba se palpaba dolorosamente en los huesos. Con una mano me obligaba a mantener el rostro fuera del agua, con la otra procuraba lo mismo con Anabelle.
Llegados a cierto punto, he de admitir que incluso creí que enloquecería a causa de los esfuerzos que debía hacer mi cuerpo para salvarse a sí mismo mientras procuraba cuidar de mi novia. No entendía cómo todo había ocurrido tan pronto, no sabía explicar la conmoción que sentía al analizar lo sucedido.
 Habían estado a punto de matar a Anabelle, me habían arrebatado todos mis logros materiales y nos habían lanzado a las aguas oscuras del océano, más no nos habían asesinado de manera directa y eso me dejaba algo confuso.

Las horas pasaron lentamente. Pude comprobarlo observando el desplazamiento de las estrellas en el cielo. Cuando el lucero se dejó ver, anunciando el alba, escuché el sonido características de las aspas de un helicóptero cortando el aire que las rodea. Anabelle dormía abrazada a mí, no había llorado ni se había mostrado ansiosa durante la espera y yo había intentado mantener la compostura en todo momento. Seguramente la habían drogado, no era normal verla así de tranquila en una situación como aquella. Pero nada importaba entonces, salvo que la ayuda había llegado al fin.
Las fuerzas policiales nos rescataron, cargándonos en el helicóptero y llevándonos directo al sanatorio más cercano. Dormí tranquilo envuelto en las mantas térmicas que nos habían dado para recuperar el calor que habíamos perdido durante tantas horas, sabiendo que ellos cuidarían de nosotros y sin pensar en lo que vendría después.
Ya en la clínica, cuando Anabelle estaba acostada en su cama y yo iba camino a ocupar mi habitación, ella abrió los ojos y me hizo señas para que me acercara a su lado.
“Xavier planeó todo”, dijo con un hilo de voz, “Cuando revisen tus documentos, vendrán a decirte que los datos son erróneos y no eres quien dice ser”.
La miré incrédulo, sin saber cómo reaccionar a aquella sorpresiva revelación.
Ella agregó:
“Fíjate, ellos hablan nuestro idioma, pero no estamos en casa. Te acusarán de robo de identidad y cuando intentes acercarte a Xavier, no podrás hacerlo. Él ya debe de haber pagado a diestra y siniestra para conseguir su propósito”.
“¿A qué te refieres?”, pregunté con un hilo de voz.
“No sé qué le habrás hecho, pero se está cobrando tu falta de esta manera. Escuché al jefe de la banda de secuestradores hablando con tu hermano por teléfono. El plan nunca fue matarnos, solo dejarte vivir y hacerte sufrir tanto como fuera posible”.
Asentí y suspiré mientras me dejaba caer en la silla más cercana. Mi hermano era un tremendo idiota: yo no podía sobrevivir sin Anabelle, lo demás era simple relleno y parecía que él no podía comprenderlo. Podía volver a forjar un imperio, pero sin Anabelle, no me quedaba nada.

Sonreí, mientras veía cómo mi novia caía en sueños. Ahora seríamos libres y podríamos comenzar de nuevo en otro sitio, lejos de las intrigas y los temores. No necesitaba pensar en la traición de mi único familiar vivo, saberlo lejos me bastaba. Solo me importaba Anabelle. Por ella Xavier había actuado de manera tan ciega, porque yo la había conquistado aún sabiendo que él también la amaba. Aunque ese secreto no merecía ver la luz jamás, como tampoco lo haría mi antigua identidad.



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Les gustó? espero sus comentarios!
Nos leemos pronto!

3 comentarios :

Raquel Campos dijo...

Me ha encantado!!! Cuánta intriga!!!

Un saludo!!

Dora Ku dijo...

Erzengel: ¡Felicitaciones, que buena narrativa!
Tu historia ha sido fluida y atrapante. Aprovechaste el poco espacio que nos permite este tipo de relatos ,para lanzarnos una aventura interesante de principio a fin.
Un abrazo: Doña Ku

jldurán dijo...

Me ha gustado toda la historia, incluso puedes hacer la segunda parte. Tiene intriga, rapidez y me ha gustado. Un abrazo