sábado, 2 de marzo de 2013

Abrumado y sin fuerzas

   Mirara donde mirara, el agua lo rodeaba y, por primera vez en su vida, no le generaba esa sensación reconfortante que siempre percibía cuando se internaba en el corazón mismo del océano.
   Sabía que algo no iba bien. Estar junto a los humanos, viviendo en tierra firme, le estaba jugando en contra. De pronto, luego de años reprimiendo nostalgias y tristezas varias, se veía confrontado por el doloroso pasado del que tantas veces había huido cobrando venganza a diestra y siniestra. 
   Había aprendido a cobrarse con sangre sirénida las vidas de su mujer y su hijo. Bastaba con un débil relámpago de angustia para que el Dios de los mares saliera de caza con su guardia personal y regresara al castillo con algún cadáver a cuestas. Cumplía a rajatabla la Ley que él mismo había creado, dando muerte a toda ninfa acuática que encontrase y así había logrado, con el correr de los años, que sólo sobrevivieran los especímenes masculinos de aquella estirpe tan especial de escoltas sobrenaturales. 
   Poseidón no aceptaba la existencia de las sirenas bajo ningún concepto luego del ataque a su castillo. Algunas, por haber tramado la traición, otras por ser cómplices, todas cayeron. La mayoría era ninfas inocentes, sin embargo sufrieron la misma suerte oscura sin poder evitarlo. El Dios estaba ciego, ciego de furia y dolor. Sin importar el paso de los años, él mantenía su ley, renegaba de las oceánidas y escondía en lo profundo de su ser la verdadera razón de su delirio exterminador: si no podía vivir junto a su amada reina, ninguna otra sirena merecía vivir.
   Hubo una época, una vez, cuando el mar danzaba al son de las canciones de las oceánidas. Ahora, solo quedaba el silencio aturdidor y lúgubre. Las aguas se movían por simple costumbre, guardando en el olvido a las ágiles y hermosas criaturas que alguna vez habían nadado por aquellos lares.
   Ahí estaba el Dios, sumergido en el agua cristalina que amaba, descubriendo que parte de la magia que siempre había admirado del mar radicaba en aquellos seres a los que había dado muerte clamando venganza por su difunta esposa. Comprendió, abrumado y sin fuerzas, que había sido más monstruosa su actitud que el accionar de las ninfas el día que le declararon la guerra. 



Nos leemos pronto!

3 comentarios :

Athena Rodríguez dijo...

¡Diossssssssss!

¡Erzeeeeeeeeee!

Con tremenda historia, cómo no va a presionarte el buenazo de Poseidón.

Gracias por compartir estos hermosos fragmentos... Espero que tus hombres se apiaden de ti y se organicen un poco jajaja


Suerte con ellos nena, eres toda una suertuda :*

Melu Zam dijo...

Ayyy mi querido y poderoso dios, actuar bajo la influencia del odio y la rabia es un impulso que se paga caro, lo siento mi niño pero te has buscado cargar un peso más pesado que el océano mismo.
Pero siempre habrá gente que te acepte de todos modos cariño, porque amar no es sencillamente comprender al otro, amar es aceptarlo aunque no lo entiendas.

Pilar Lepe dijo...

Me encantó la historia, es una novela? Claro que al leerla tuve mi propia imagen de ese dios griego.