jueves, 9 de diciembre de 2010

Concurso Navidad Oscura: Mi relato

Encuentros y desencuentros en Navidad


Los copos de nieve caían lentamente.
La noche se teñía de blanco con la luna como lejana testigo.
Y ahí estaba yo, perdiendo mi mirada en el vacío. Por estas fechas, casi al cierre del año, era (y es) común en mí caer en la nostalgia.
Nostalgia por los seres queridos perdidos, por los amigos distantes, por las cosas que ya no se tendrán... Y la agonía ataca de la mano de la melancolía justo en el instante en que más débil me siento...
En aquel entonces, hace unos 25 años atrás, el dolor y la tristeza revestían otras cuestiones y circunstancias, pero eran esencialmente lo mismo que hoy en día: pura y simple nostalgia.

Recuerdo cada detalle, cada momento, sonido y escena de esa noche. La nieve cayendo, el susurro del viento y el bosque que me invitaba a perderme y olvidar mis penas en algún escondite recóndito donde nadie sería testigo de mi pesar.
Pero nunca llegué a internarme en ningún sendero oscuro ni me vi rodeado por árboles inmensos.

Antes de dar mi primer paso lo escuché... Un llanto agudo atrajo mi atención, un canto lastimero de alguien que aún no tenía la capacidad de utilizar la palabra para expresar sus necesidades.
Sé que no era, ni es, normal en mí acudir a un llamado de esa naturaleza, pero en Navidad uno nunca debe abandonar a quien lo precisa. Por eso caminé precavido hacia el lugar de donde procedían los sollozos.
En el suelo alfombrado de blanca nieve, un bulto de frazadas se movía y gritaba. Su aroma me golpeó de lleno. Suspiré. Ya sabía yo, ese llanto era de un crío humano...

Una pequeña criatura de castaños cabellos y mirada azabache se encontraba ante mis ojos, protegida del frío por el abrigo en que la habían envuelto. Una niña... Natacha llevaba por nombre, de eso me percaté al leer la pulsera de su minúscula mano.
Traté de buscar el rastro de su madre o padre, pero nada encontré, la nieve había ayudado a esconder la guía que yo buscaba. Sabía, por mis largas jornadas de caza, que ningún humano habitaba la zona. Si dejaba a la niña sola, allí, en la noche oscura y peligrosa, algo podía sucederle.
Entrecerré los ojos y busqué alternativas, más nada logré resolver, la única solución era llevármela conmigo y encontrar quién se hiciera cargo de ella.

Maldije para mis adentros al ver lo inútiles que resultaban mis garras para mi propósito de cargar a la criatura. Con esas armas letales que tantas vidas habían ahogado, mucho no podía hacer sin lastimar a la pequeña.
Si quería moverme rápido, además, debía ir a cuatro patas, no a dos como los humanos... No podía perder tiempo, pronto el viento cobraría más fuerza y sería complicado trasladarme con niña y todo.
Tomé entre mis dientes los extremos de la frazada y con un suave movimiento mecí de un lado a otro a la pequeña Natacha hasta que dejó de llorar. Entonces a trote tranquilo regresé a mi hogar...

Hacía décadas que ningún humano pisaba el suelo de mi casa. Mi naturaleza oscura alejaba instintivamente a todos.
Ser hombre lobo era sinónimo de estar maldito, o al menos lo era cuando me transformé, y luego ni siquiera intenté formar lazos con esa especie a la cual ya no pertenecía.
Los humanos huían de mí, los verdaderos lobos nunca me aceptarían en sus manadas y otros licántropos no conocía... Así es como terminé viviendo sólo. Y por eso mismo, llegado el último mes del año, la nostalgia me dominaba fácilmente.

Deposité a la niña en el sofá de la sala y corrí a mi cuarto para recuperar mi forma humana y ponerme algo de ropa.
Regresé y me encontré con Natacha que dormía tranquilamente.
Gruñí por lo bajo. ¿Qué mueve a una madre a abandonar a su bebé así, sin preocuparse por su salud o seguridad?
No quise pensar mucho en eso. Sólo me limité a ordenar mis pensamientos... La niña no podía quedarse conmigo, eso era claro. Transportarla hasta el pueblo sería una tarea ardua, pero no imposible y resultaba lo mejor para la criatura y para mí.
Comprobando que aún la tormenta no se desataba con furia, tomé entre mis brazos a Natacha, me cercioré de su comodidad dentro de las frazadas que la envolvían y sin más, partí rumbo al pueblo.
Corriendo a paso sobrehumano, tardé poco más de una hora en alcanzar la zona iluminada de la región poblada. Busqué un rastro de infantes, de algún chiquillo que anduviera cerca. Encontré pronto la casa de una familia con un único hijo, un hogar que podía ser ideal para la bebé.
Nunca podré explicar lo que sentí, sólo soy capaz de decir que en el instante en que deposité a Natacha en el suelo y toqué el timbre, antes de darme a la fuga, un dolor nuevo y desconocido se instaló en mi corazón y lo lastimó a más no poder.
Era como si un gajo de mi alma quedara junto a la criatura de oscuros ojos.
Me obligué a correr, sin atender a nada.
Ya en las afueras del bosque, desgarré mis ropas mientras saltaba por los aires y caía convertido en lobo.
El dolor persistía, fuerte, inquebrantable, y no veía forma de liberarme de esa extraña angustia.

Diciembre pasó rápido. Con la llegada de enero, las tristezas desaparecieron y las nostalgias también. Natacha solía aparecer en mis pensamientos sin darme cuenta, pero me obligaba a olvidarla, dando mil excusas, razones por las cuales no debía estar cerca suyo.
Un hombre lobo no es alguien seguro, menos para criar un niño...

Pasaron los años casi sin percibirlo. Vivía como siempre, al margen de todo, en soledad absoluta.
Cada invierno, llegado el final de diciembre me permitía, eso sí, visitar la casa dónde Natacha vivía.
La observaba por la ventana, jugando, cantando, llena de vida y alegría. Entonces mi pena se desvanecía cargada de esperanzas. Ella era feliz, con eso bastaba.
Así hice hasta que ella cumplió los 12 años. Ese fue el último invierno en que la vi.
Para la navidad numero 13, al visitar la casa dónde vivía, me encontré con un enorme predio lleno de escombros y cenizas. Un incendio lo había consumido todo... Nada quedaba allí, nadie había tampoco. Desde mi forma lobuna no podía hacer mucho, sólo buscar rastros y ninguno encontré.
Huí entonces al bosque, lloré, grité, insulté, maldije... Y prometí nunca más sufrir por esa desconocida. Nada me unía a ella y sin embargo siempre estaba presente en mis pensamientos.

Incluso hoy en día, cuando se cumplen 25 años de haberla encontrado sola y abandonada en el frio bosque, incluso ahora la extraño.
Por eso estoy aquí, en el mismo punto en que la encontré, perdiéndome entre recuerdos y tristezas.
Nunca regresé a su casa, no tenía sentido, me destrozaba ver que la vida había escapado de ese hogar y las ruinas no eran más que la demostración del olvido y el paso del tiempo.
Caminar por el bosque y llorar la lejana nostalgia, a eso se reduce todo ahora.

Unos pasos cercanos captan mi atención. Me escondo entre los árboles, a la espera de ver a quien camina por estos lares a estas horas.
Una mujer joven aparece envuelta en un grueso abrigo. Se detiene justo sobre el lugar dónde Natacha estaba la noche que la encontré. Mira hacia todos lados y suspira.
Bufo por lo bajo, ese aroma me resulta conocido...
Ella se percata de mi presencia y me busca con la mirada. Entonces la descubro. Sus cabellos castaños, sus ojos negros como el carbón. Es ella... Es Natacha!
Entre el asombro y la sorpresa, camino a su encuentro.
Cualquiera pensaría que ella habría de salir corriendo ante mi presencia. No todos los días un lobo gigante se cruza en tu sendero. Pero muy por el contrario, Natacha sonríe y camina también hacia mí.
El silencio nos rodea y empuja, nuestras miradas hablan entre sí. La alegría no sólo brilla en mis ojos, también en los de ella.
Antes de que pueda hacer nada, cae de rodillas a mi lado y me abraza con cariño.
-Mi lindo lobo- susurra- No sabes cuanto te extrañé...
Mi aullido rompe el aire mientras pequeños copos de nieve caen suavemente sobre nosotros.

Sonrío para mis adentros. Es mi primera navidad revestida de alegría… y sé bien que será mi última navidad solitaria.
No me pregunto cómo me reconoció, ni cómo llegó a este lugar. Tampoco me interesa saber si ella está al tanto de mi verdadera naturaleza. Las preguntas carecen de valor. Sólo me importa esto, este momento a su lado. Y algo, muy dentro mío, me dice que ya no nos volveremos a separar… que este es el principio de una nueva historia cargada de sonrisas y vacía de nostalgias.

-Fin-


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6 comentarios :

Angeles dijo...

Hola amiga, aqui pasando a saludar y desearte buen finde......Tienes unos premios en mi blog Angy's Spot,espero q te gusta..Te quiero mucho...(^mordiscos^)

http://wwwangysspot.blogspot.com/2010/12/premios-para-mis-amigs.html

KaRoL ScAnDiu dijo...

¡¡QUé pasada de relato querida Erzengel!!

¿Es para el concurso de Gabriela? Te quedó genial:D

kisses...

Maga de Lioncourt dijo...

Hola, Erzengel!

Muy bueno tu relato. Creo que comienzo a tenerle cariño a los hombres lobo, jeje.

Besos!

Nenina dijo...

y vivieron felices para siempre :)
amo estos lobitos! que relato mas lindo!!
suerte en el concurso!!!
o ya pasó? estoy perdida:P
saludos bella
Nenina:D

Sally dijo...

Que lindo el relato =)

Soycazadoradesombrasylibros dijo...

mucha suerte¡¡¡¡